La jerarquía de los cuerpos cósmicos.
Los sistemas planetarios, estelares y galácticos comparten una misma
estructura funcional: un espacio vectorial orientado en circuitos cerrados
ortogonalmente. La diferencia entre estos sistemas radica en el tamaño, el
tiempo, la existencia y la vida. En la actividad de estrellas muy masivas, las
protuberancias fotosféricas han dado lugar a grandes estructuras estelares:
los brazos de una galaxia. Las estrellas situadas en los brazos galácticos
evolucionan, mediante actividad fotosférica, hacia sistemas estelares al
generar estrellas más pequeñas que, a su vez, se convertirán en sistemas
planetarios. La jerarquía de las estructuras vectoriales macroscópicas
propicia la aparición de biosferas en los planetas.
La evolución de un sistema planetario.
La Tierra constituye un sistema planetario que, en sus inicios, fue una
pequeña estrella con fotosfera. La actividad de la fotosfera orientó el espacio
vectorial en circuitos macroscópicos cerrados ortogonalmente, dando lugar a
un satélite: la Luna. Con el paso del tiempo, el espacio vectorial orientado
por gradiente disminuyó y la fotosfera terrestre se transformó en la lavasfera.
Al ser menor la densidad del espacio vectorial orientado en la capa de la
lavasfera, la dinámica del hidrógeno une las estructuras y compone o
descompone los elementos nativos, formando así la litosfera. Asimismo,
la dinámica de la lavasfera presenta discontinuidades en las zonas polares
debido a la elevada densidad del espacio vectorial orientado según el eje del
gradiente. Por esta razón, la actividad de la lavasfera disminuye a medida que
nos acercamos a los trópicos. La actividad de la lavasfera —manifestada en
terremotos y erupciones volcánicas— modeló el relieve de la corteza terrestre,
y el depósito de elementos mediante erupciones continúa hasta el día de hoy.
Esto explica la existencia de zonas montañosas, abismos oceánicos y el
«Cinturón de Fuego». La dinámica de la lavasfera mantiene una temperatura
constante, lo que genera la falsa impresión de que la temperatura aumenta
hacia el centro de la Tierra. La actividad de la lavasfera terrestre, al igual que
la fotosfera solar, flota sobre la esfera oscura, limitada por el crecimiento
exponencial de la densidad del espacio vectorial orientado por gradiente.
Los efectos de la lavasfera, combinados con la influencia de la luz solar,
determinaron la evolución del entorno en la superficie terrestre.
La evolución es bien conocida desde una perspectiva histórica: el
surgimiento de bioestructuras vectoriales —el reino vegetal— que cubrió la
tierra firme con bosques y los océanos con plancton. El proceso de
fotosíntesis del reino vegetal —y de los bosques—, al absorber carbono y
liberar oxígeno a la atmósfera, estableció el equilibrio climático atmosférico.
Como resultado, sobre los organismos vegetales se desarrollaron formas
primitivas de parásitos vegetales, a partir de las cuales evolucionó el reino
animal mediante la selección natural. En el equilibrio climático sostenido por
el reino vegetal y el ciclo del agua, el reino animal evolucionó mediante la
selección natural hasta llegar al parásito más feroz del reino vegetal: la especie
humana. Entre las magnitudes físicas escalares y vectoriales de la naturaleza,
la civilización humana ha considerado que la materia es la forma fundamental
de existencia de la naturaleza. En el marco de la cosmovisión materialista,
las magnitudes vectoriales se consideran propiedades de la materia.
Esta concepción define la energía como una función del estado de la materia;
es decir, como el movimiento de la materia. Dicha definición impuso, pura y
simplemente, la interpretación materialista del fenómeno eléctrico a través de
la «corriente» de cargas eléctricas, mediante el movimiento de los electrones.
La energía es el efecto de una causa, y las causas son las interacciones de
propiedades vectoriales. El desarrollo social de la civilización humana basado
en la concepción materialista ya forma parte de la historia. En este contexto,
resulta de especial interés la creación de dispositivos «electrónicos» para la
comunicación y el desplazamiento, que abarcan desde robots humanoides
hasta la inteligencia artificial. La electricidad es el espacio vectorial orientado
en circuitos cerrados ortogonalmente. El circuito «eléctrico» es el espacio
vectorial orientado a través del hilo conductor (descubierto por Stephen Gray).
El circuito «magnético» es el espacio vectorial orientado alrededor del
conductor, siempre y cuando el circuito a través del conductor esté cerrado
(descubierto por Hans Christian Ørsted). Las interacciones de propiedades
vectoriales (energía) demuestran que cualquier movimiento en la naturaleza es
el efecto de la interacción de propiedades vectoriales. La comunicación
mediante el código Morse o el teléfono, la bombilla, el LED, la fotografía y
las puertas lógicas son logros empíricos alcanzados sin saber que, en
realidad, se trata de interacciones de propiedades vectoriales, del espacio
vectorial. Un ejemplo concreto es la sustentación del avión: una interacción
con el espacio vectorial, idéntica a la «fuerza centrífuga».
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